Por: Román Corral Sandoval

Noticias de Chihuahua.- El 19 de septiembre de 1970, hace 47 años, arribé a la Barranca de Batopilas, para iniciar mi trabajo como maestro rural. Esto es parte de mi historia docente. “…A partir de las 08:00 a.m. del jueves 17 de septiembre de 1970, viajé en autovía del Ferrocarril Chihuahua al Pacífico desde la Ciudad de Chihuahua hasta Estación Creel. El viaje fue de convivencia; ocupé el asiento número 22 y el 21 lo ocupó un ingeniero forestal que al principio se fue dormido, el cual llevaba un Atlas que reseñaba las características geográficas de 33 lugares del mundo. Llegando a San Andrés se despertó e iniciamos una charla amena sobre los bosques de diferentes lugares. Me dio una tarjeta personal de madera que decía: “Roberto Núñez de León. Ingeniero Agrónomo, Especialista en Bosques”. Después, dicho profesionista bajó en la Estación de San Juanito, municipio de Bocoyna. La demás parte del viaje fue de ir para acá y para allá, o sea, el de caminar por los pasillos, para platicar con otros compañeros maestros. Viajaban en el autovía unos norteamericanos, entre ellos un explorador. Entre los lugares por donde pasamos, figuran los siguientes: Ciudad Cuauhtémoc a las 10:35 a.m.; Estación López Mateos, (antes La Junta), a las 11:00; Miñaca a las 11:20; El Terrero a las 11:43; Sigoyna a las 12:00; Pichachic a las 12:17; Treviño a las 12:25; San Juanito a las 12:30 y, por fin, llegamos a Estación Creel a las 13:20 horas. Me gustó Estación Creel; era un lugar rodeado por bosques de coníferas; todas las construcciones eran de madera, incluyendo los hoteles; se veían por doquier columnas de humo de las chimeneas que producían las estufas de leña de las casas: no se percibían calles pavimentadas y por las mismas caminaban muchos rarámuris (pies ligeros), o indios tarahumaras. Mi compañero de viaje, también maestro egresado de la Escuela Normal del Estado de Chihuahua, fue Samuel Mancinas Salinas, con quien compartiría soledad, aislamiento geográfico, caminatas agotadoras, carencias de todo tipo, tristezas y grandes triunfos profesionales; enormes desalientos, desilusiones, depresiones y nostalgias, todo de lo cual hicimos oficio muy a pesar o en contra de nuestra voluntad, en nuestra estancia en la Barranca de Batopilas, desde septiembre de 1970 hasta junio de 1972. Mancinas me acompañó por la tarde a conocer la plaza principal de Creel; previamente habíamos visitado la vivienda de madera que albergaba la oficina de la inspección escolar federal, cuyo titular era el Profesor Miguel Ángel Acosta Ochoa, quien compartía dicho inmueble con otro inspector escolar de nombre Baldomero; dichos funcionarios educativos realmente rentaban dos habitaciones de la entrada principal de la casa de una familia que habitaba los demás cuartos. Era una casa grande cuyos dueños les daban hospedaje; por la puerta principal había acceso a un pasillo, a la izquierda se encontraba la oficina del Profe Miguel Ángel, como lo llamábamos con aprecio sus subordinados. A Creel lo dividía en dos partes el Ferrocarril Chihuahua al Pacífico, (hoy Ferrocarril Mexicano). Como a las 06:00 p.m. Samuel Mancinas y yo volvimos a la inspección escolar donde el Profe Miguel Ángel nos expidió nuestras órdenes de presentación: me otorgó el nombramiento para la Escuela Primaria Rural Federal “Justo Sierra” de la comunidad de Satevó, municipio de Batopilas, Chihuahua, limítrofe con el estado de Sinaloa; a Samuel Mancinas le asignó la escuela de la comunidad de San José de Valenzuela, localizada a 25 kilómetros al sur de Satevó, ambas ubicadas en la Barranca de Batopilas, de clima semitropical. En un hotel de dos pisos construido con madera pasamos la primera noche. Otros compañeros, maestros de la misma generación, habían llegado en el autovía en el que viajamos Samuel Mancinas y yo, como José Trujillo Carrasco.

Los tres nos hospedamos en la habitación número 21 y otros maestros en diferentes cuartos. Las habitaciones del hotel eran iluminadas con lámparas de gas y las noches para septiembre de 1970 eran muy frías en Creel. Dicho hotel tenía letrinas y carecía de tuberías de agua potable. Antes de irnos a dormir esa noche del jueves 17 de septiembre de 1970, fuimos a cenar al restaurante “El Zafiro”. Había sido mucho trajín y ajetreo para un día; estábamos emocionados por la belleza de las sierras de bosques de coníferas que rodeaban a Estación Creel y con la mente llena de interrogantes sobre lo que nos esperaba en el primer año de servicio docente como maestros rurales. Nos encontrábamos muy agotados, por lo que decidimos entregarnos a los “brazos de Morfeo”, frase predilecta de Samuel. La noche era demasiado callada y tranquila; solamente se oían a lo lejos algunos ladridos y los pasos de algún huésped por el pasillo de madera crujiente, quien seguramente ingresaba a su cuarto a descansar. Nací en agosto de 1951 en la Ciudad de Chihuahua y aunque no era una gran urbe, si era un gran “monstruo urbano” y con gran movimiento vehicular en comparación con esta pequeña localidad serrana. Estación Creel no tenía alumbrado público y al apagar las lámparas de gas del cuarto todo quedó tan oscuro como “boca de lobo”. Viernes 18 de Septiembre de 1970.

Me levanté a las 07:00 a.m. Después de asearme con el agua gélida de los lavamanos del cuarto, fui a dar un recorrido por el lugar; mis compañeros, Samuel y José aún seguían dormidos; aproveché para respirar la frescura del lugar, que para esa hora estaba cubierto de neblina y entre la misma se distinguían por doquier las columnas de humo de las chimeneas de las estufas de las casas, cuyos moradores seguramente estarían preparando sus desayunos para iniciar las actividades diarias; al rato se levantaron mis compañeros, desayunamos y nos fuimos a la oficina del Profesor Miguel Ángel Acosta Ochoa, quien había nacido el 17 de abril de 1914. En el trayecto del hotel a la inspección seguíamos observando, como el día anterior, el ir y venir de los camiones madereros cargados de “bolillos” (trozos de troncos de pinos amarrados con gruesas cadenas de acero a la plataforma de dichos vehículos), por todas las calles polvorientas sin pavimentar de Estación Creel. Después de saludar al Profe Miguel Ángel, nos percatamos de que habían llegado otros maestros, originarios de diferentes entidades federativas a recibir sus órdenes de adscripción; unos eran de Guerrero, otros de Campeche y de Yucatán. El resto de la mañana la dedicamos a empacar libros de texto gratuito de la SEP para nuestros futuros alumnos para enviarlos por correo a nuestras respectivas comunidades de trabajo recién asignadas y a recibir sugerencias del inspector escolar de cómo llegar o viajar rumbo a Batopilas. Nos explicó que para llegar a la cabecera municipal de Batopilas podríamos viajar en la plataforma de la troca del Correo por el camino de terracería que cruzaba la zona boscosa hasta llegar al Mineral de La Bufa, enclavado propiamente en un desfiladero, situado ya en lo abrupto de la Barranca de Batopilas, distante de Creel a casi 120 kilómetros. El viaje en la troca grande al servicio del Correo duraría doce horas en un trayecto lento, a salto y salto por las condiciones pésimas de este camino serrano de terracería. La otra alternativa era irnos a la pista de aterrizaje de Creel y esperar la oportunidad de viajar en alguna avioneta rumbo a Batopilas, de las muchas aeronaves pequeñas que aterrizaban y que cubrían rutas aéreas de la región montañosa del estado de Chihuahua; Samuel Mancinas y yo optamos por la vía terrestre para viajar rumbo a Batopilas.

En la última noche de nuestra estancia en Creel, después de cenar en el restaurante “El Zafiro”, decidimos Samuel y otros compañeros, antes de irnos a dormir, jugar billar en el local que estaba adjunto al hotel y que al mismo tiempo era una especie de cantina con música norteña estridente de rockola que dejaba escuchar los corridos de moda en 1970 como: “Corrido de Chito Cano”, “Dos pasajes”, “Fracaso de Amor”; recuerdo que en este lugar muchos parroquianos ya entrados en copas lanzaban escandalosos y estrepitosos gritos de alegría, que anunciaban estar en ciernes tremenda juerga o parranda. Este día, por la tarde, había empezado a llover a cántaros: fue un septiembre muy lluvioso el de 1970 y la gente comentaba que muchos caminos serranos eran verdaderos atascaderos y que los ríos y arroyos se mostraban caudalosos y peligrosos para transitar en sus cercanías. No obstante, Samuel Mancinas y otros maestros decidimos irnos al siguiente día rumbo a Batopilas, en la troca del Correo, a pesar de que viajaríamos en la plataforma de dicho vehículo y prácticamente a la intemperie junto con los bultos de la correspondencia; seguía lloviendo copiosamente mientras jugábamos al billar alumbrados con lámparas de gas; de vez en cuando la intensa luz de grandes relámpagos entraba hasta este sitio; no cesaba la lluvia pero ninguno de nosotros opinaba algo sobre el mal tiempo; parecía que la decisión de viajar por tierra rumbo a Batopilas no era la más conveniente, por lo que al siguiente día tomaríamos la más adecuada y definitiva dado que siguió lloviendo toda la noche.
La bodega de los libros.

A la derecha de la oficina de la inspección escolar, se miraba otra habitación que servía de bodega de los libros de texto gratuito de la Secretaría de Educación Pública; en el piso de madera se podían mirar ejemplares sueltos y dispersos por la habitación, dando la impresión de que recientemente habían ido otros maestros de comunidades cercanas a Creel a recoger los volúmenes para los alumnos inscritos en sus escuelas; se observaban libros nuevos de todos los grados escolares y de todos los colores y además se percibía el olor característico a tinta y a papel nuevo. Estos textos fueron fabricados ese año de 1970, pero también había sobrantes de la edición de 1969. En la segunda noche de nuestra estancia en Creel, el inspector escolar les permitió dormir a algunos maestros en la bodega de los libros abriéndose espacio entre las cajas pesadas llenas de ejemplares para tender las cobijas en el piso. Sábado 19 de Septiembre de 1970.

Eran las 09:00 a.m. de ese fresco día cuando llegó una troca pick-up roja al hotel para recoger el equipaje de los maestros que viajarían hasta la pista de aterrizaje de las avionetas, en las afueras de Creel, por el camino sureste de terracería, en las cercanías del Lago de Arareco, que es el mismo camino que conduce rumbo a Batopilas. Este lago de aguas heladas y rodeado por coníferas, nada les envidia a los lagos canadienses, debido a la belleza del paisaje de su entorno; fue cuando Samuel y yo decidimos viajar por aire rumbo a Batopilas; también le pedimos al chofer de la camioneta roja que nos llevara al campo aéreo al igual que a los demás compañeros maestros. Mi equipaje consistía en un viejo veliz de piel de color amarillo que contenía mi escasa ropa y una enorme caja de cartón llena de libros y cartulinas para hacer material didáctico; ocupaba esta voluminosa caja casi medio metro cúbico y pesaba bastante. Fuimos seis maestros los que decidimos finalmente utilizar el servicio aéreo serrano para viajar a diferentes comunidades del municipio de Batopilas. La camioneta roja llegó a la pista de aterrizaje después de ir por la brecha de terracería que se encontraba en malas condiciones por las lluvias copiosas de esos días; bajamos nuestros equipajes y nos quedamos solos y pensativos en medio de aquel paraje solitario, llano y fresco rodeado de coníferas; soplaba un viento ligero, helado y antes de la 10:00 a.m. oímos el motor de una avioneta que empezaba a hacer maniobras para aterrizar; mientras esto sucedía seguíamos escuchando “La Quinta Sinfonía de Beethoven” en “Radio Mundo”, en el aparato receptor de un compañero; era una radiodifusora de la Ciudad de Chihuahua cuya frecuencia se alcanzaba a escuchar con mediana claridad en esta región serrana. En este primer vuelo viajaron dos compañeros junto con otras personas, que también iban rumbo a Batopilas; la aeronave volvió a la pista y aceleró haciendo polvaredas hasta que despegó y pronto se perdió en el firmamento. Para ese momento ya escuchábamos otras estaciones de radio, ya que repentinamente “Radio Mundo” dejó de escucharse; a Samuel Mancinas y a mí nos tocó volar en el segundo vuelo.

¿Es esa, una televisión? Al subir el equipaje el piloto preguntó que si era una “televisión” mi caja grande de libros, aclarando que en la Barranca de Batopilas no existía el servicio de energía eléctrica y que además, era un aparato que muchas personas no conocían, al igual que a los automóviles; los compañeros maestros sonrieron y le aclararon al piloto sobre el contenido del voluminoso y pesado bulto y me señalaron como el dueño de tan especial equipaje; me quedé pensativo por lo afirmado por el piloto de la avioneta, lo que me dio una idea somera sobre el atraso o marginación social de la Barranca de Batopilas, a la que estaría arribando en cuestión de treinta minutos de vuelo por encima de las abruptas serranías. Si Creel no contaba con servicios públicos en 1970 menos la Baja Sierra Tarahumara. Al poco rato íbamos volando sobre la serranía acompañados por el ensordecedor ruido del motor de la avioneta. Durante media hora admiramos la orografía de la región, lo tupido y la espesura de los bosques de coníferas, algo así como un mar verde del trayecto Creel -Batopilas que en 1970 era exuberante y considerablemente bello, digno de la mejor fotografía. Estos paisajes naturales que observábamos desde las alturas eran un regalo para nuestra vista y para nuestro espíritu.

No nos podíamos comunicar por el intenso ruido de la avioneta por lo que optamos por gozar individualmente el viaje, además nunca había viajado en una aeronave. Repentinamente la avioneta se sacudió con una “bolsa de aire”, lo que ocasionó que saliéramos de nuestras contemplaciones al entrar al Cañón de La Bufa del Río Batopilas al mismo tiempo que seguía descendiendo para entrar de lleno a la Barranca de Batopilas siguiendo el cauce de la corriente fluvial, donde el ruido del motor de la pequeña aeronave se apreciaba más estridente por el eco que producía; abajo se veía serpentear dicha corriente y la vegetación fue cambiando de tonalidades verdes: los pinos de las partes altas dieron paso a una espesa vegetación de clima tropical de matorral de intenso verdor y de grandes cactus; el piloto nos avisó del inminente aterrizaje pero yo no veía el más mínimo claro entre la vegetación donde pudiera descender la avioneta; nos habíamos acostumbrado a las ladeadas constantes de la pequeña aeronave que simulaba a un gran pájaro buscando afanosamente llegar al final de su vuelo. De pronto la avioneta tomó verticalidad, se ladeó y se enfiló directamente a la pista de aterrizaje de Batopilas: era la única parte visible del terreno sin vegetación.

De repente creía que todo era un sueño. Por fin aterrizamos; el piloto apagó el motor y descendimos; pusimos el equipaje a un lado de la pista rodeada por grandes árboles y verdes matorrales. El olor intenso de la vegetación me impactó y por momentos creía estar en algo parecido a un paraíso. Nos despedimos del piloto y de nueva cuenta volvió a tomar vuelo con su aeronave en la recta de la pista de aterrizaje, perdiéndose de nuestra vista por entre la gran polvareda que levantó. Un lugareño que estaba en la pista de aterrizaje con tres burros amarró sobre el lomo de los animales nuestro equipaje y empezamos a caminar por una brecha muy angosta llamada “camino real” rumbo a Batopilas. El arriero que iba adelante de nosotros cargando en el lomo de sus burros nuestras maletas nos dio mucha información acerca de Batopilas, lugar desconocido para nosotros…”. Continuará….

Fragmento del libro “Rumbo a Batopilas. Memorias de un maestro rural”. 2005. Autor: Román Corral Sandoval. Contacto: [email protected]