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Rumbo a Batopilas. Memorias de un maestro rural

Por: Román Corral Sandoval

Hace trece años, en enero de 2005, publiqué mi primer libro autobiográfico, “Rumbo a Batopilas: Memorias de un maestro rural”, que trata de despertar la conciencia entre la sociedad de la importancia que tiene el maestro como factor de cambio y motor de la educación, sobre todo en el medio rural. Esta primera edición fue prologada por la Maestra Lizbeth Corral, quien después de leer la obra escribió lo siguiente: “No hay nada más satisfactorio y envidiable que tener una vida digna de contarse, eso es lo que en resumen representa el presente libro, alberga las vivencias de buenos y de no tan buenos momentos de un joven que recién convertido en profesor llegó a una comunidad: Satevó, Batopilas, con una maleta llena de ilusiones, expectativas y ganas de hacer bien las cosas. Ese joven, aunque inexperto, supo percibir la esencia de aquel maravilloso lugar, bello por sus riquezas naturales pero más aún por su gente, quienes albergaron a “su maestro” en el corazón y le brindaron una amistad y cariño sincero durante su estancia, el cual fue correspondido. No hay vidas más importantes que otras, ni profesiones más dignas que las demás, lo que hay son hombres más valiosos que otros, y en este libro, “Rumbo a Batopilas: Memorias de un maestro rural”, quienes conocemos al Profesor Román Corral Sandoval descubriremos más del porqué de su esencia y desarrollo a lo largo de su vida como docente, y para quienes no lo conocen, sabrán de alguien quien con su desempeño a lo largo de 30 años dignificó la profesión sobre la cual se fincan las bases de cualquier sociedad en el mundo, la del Maestro, que lucha muchas veces contra sí mismo por cambiar lo que en ocasiones parece no tener remedio”. Después de la primera publicación de este texto, pionero en la autobiografía docente del estado de Chihuahua en el Siglo XXI, los gobiernos, estatal y federal pusieron mayor atención para contrarrestar los efectos brutales de la marginación social y sus diversos matices imperantes en la Barranca de Batopilas, que frenaba el desarrollo educativo y cultural de las comunidades y varios maestros jubilados, egresados principalmente de la Escuela Normal Rural de Salaices, se animaron a publicar sus valiosas experiencias docentes.
En 1970 egresamos 150 maestros de la Escuela Normal del Estado de Chihuahua, y se nos asignaron plazas a distintos lugares del estado de Chihuahua y fuera del mismo. Algunos maestros recibimos la adscripción al municipio de Batopilas en la Baja Sierra Tarahumara, colindante con Sinaloa. Trabajé como maestro rural de 1970 a 1972 en la comunidad de Satevó, situada al sur del Poblado de Batopilas, a seis kilómetros río abajo. Los maestros que laboramos en esa época en los municipios serranos supimos soportar el aislamiento geográfico y las carencias de todo tipo. En el municipio de Batopilas se carecía de electricidad, agua potable, de carreteras pavimentadas. La electricidad llegó en 1999 solamente a Batopilas, la cabecera municipal. Desnutrición infantil, enfermedades, analfabetismo, prejuicios y fanatismos, así como la falta de un adecuado plantel escolar con sus instalaciones y materiales didácticos, son factores que impiden logros satisfactorios en el proceso de enseñanza-aprendizaje. Las escuelas unitarias del medio serrano hacen que el maestro se las ingenie para atender alumnos de diferentes edades y grados a la vez. En esa comunidad fui el director y maestro de grupo que atendía cuatro grados: primero y segundo en el turno matutino; tercero y cuarto grado en el vespertino. El maestro rural se adapta a la pobreza de la comunidad y sufre junto con la población infantil y adulta, las marginaciones, el olvido e indiferencias gubernamentales. Este libro trata de las experiencias adquiridas en las condiciones tan adversas que en esa época existían en la comunidad de Satevó y en general en todas las comunidades de la Barranca de Batopilas, ubicada al suroeste del estado de Chihuahua.

Mi estancia en ese lugar desde el 21 de septiembre de 1970 al 30 de junio de 1972 marcaría para siempre mi modo de ver la vida, la gente, las acciones gubernamentales, la política nacional y me sensibilizaron ante las injusticias sociales; realicé una entrega sin condiciones al quehacer educativo, pero sobre todo me volví crítico de cuanto veo, oigo, leo y sucede a mi alrededor. El aislamiento geográfico propiciaba que la población no accediera con facilidad a los medios necesarios de subsistencia a precios razonables, ya que todo es problema cuando no se cuenta con los recursos económicos suficientes para enfrentar la carestía de los productos de primera necesidad.
En Satevó, en donde se erige como mudo testigo de la presencia de los misioneros jesuitas, la iglesia consagrada al Santo Àngel Custodio San Miguel o Misión de Satevó construida entre 1760 y 1764, cumplí mis primeros dos años de servicio social, a donde arribé recién cumplidos los diecinueve años de edad lo cual fue un cambio brusco pues siempre había permanecido en la Ciudad de Chihuahua donde nací en 1951. Al principio todo extrañé: a mi familia y al medio urbano.
Inicié en Ciudad Juárez la redacción de este texto el jueves 21 de agosto de 2001, un año después de mi jubilación, con la idea de motivar a las futuras generaciones de maestros para prestar sus servicios a las comunidades más marginadas del país; pienso que ahí verdaderamente se forma el apostolado del magisterio, el amor al servicio docente y se moldea el carácter del maestro. El maestro rural se adapta a la pobreza de la comunidad y sufre junto con la población infantil y adulta la marginación, el olvido e indiferencia gubernamental. En lo particular relato en este texto las experiencias adquiridas como maestro rural en las condiciones de pobreza extrema que existían en 1970 en la comunidad de Satevó, del municipio de Batopilas. En lo general, existen motivos que me impulsaron a redactar este libro, y a publicarlo mediante esfuerzo personal, para dejar testimonio escrito de mi trabajo como maestro rural en la Barranca de Batopilas, región montañosa de grandes cañones y profundos abismos: atraer el interés gubernamental hacia la comunidad batopilense que aún sufre graves rezagos sociales, narrar mis experiencias adquiridas como maestro rural en Satevó y el establecer que la marginación social es un serio obstáculo para la labor docente. De hecho, el maestro rural, en cuerpo y alma es parte de la comunidad y por ende de la marginación social. Vive y se adapta a la pobreza de la comunidad ya que también su origen es humilde. Sufre junto con la población infantil y adulta el olvido e indiferencias gubernamentales.
La Barranca de Batopilas, en 1970, tenía más de un siglo de atraso o rezago en materia de comunicaciones, en comparación con otras poblaciones del estado de Chihuahua. Los únicos medios de transporte eran las mulas o burros como en la Época Colonial. Yo percibía que los batopilenses sufrían una gran marginación social, que eran personas de buenos sentimientos y enraizadas a su terruño. La belleza paradisiaca de Batopilas contrastaba con el negro panorama de la existente marginación social. Ante la inexistencia de caminos o carreteras, se promovía la construcción de pistas de aterrizaje para pequeñas aeronaves en las comunidades importantes. Conocí personas de edad avanzada que nunca vieron un automóvil y que siempre carecieron de los más elementales servicios públicos. Mis relatos llevan el objetivo de contar la historia de los moradores de Satevó y del municipio de Batopilas en general para hacerles justicia al menos editorialmente ya que considero que deben ser conocidas las tradiciones y costumbres de esas pequeñas comunidades. En esa comunidad existe la Misión de Satevó que retraté por primera vez el martes 22 de septiembre de 1970, a veinticuatro horas de mi arribo, construida entre 1760 y 1764 por misioneros jesuitas y que prácticamente estaba en ruinas al igual que el edificio escolar. La escuela de Satevó no tenía maestro desde 1968, algunos profesores arribaron al lugar pero no duraban ni veinticuatro horas y luego pedían su cambio a otra comunidad en la oficina de la inspección escolar que se localizaba en Estación de Creel, distante a 150 kilómetros. Tanto en la Misión de Satevó como en el salón de clases, las puertas estaban abiertas día y noche y ahí pernoctaban animales domésticos y revoloteaban al anochecer murciélagos. El templo de la Misión de Satevò, que actualmente atrae al turismo, es una obra arquitectónica única en su género en la Barranca de Batopilas. El atraso social de Satevó y del municipio de Batopilas en general era más que evidente en 1970. Pensaba que debido a su pobreza ninguna institución gubernamental tomaba en cuenta a esta región de la Baja Sierra Tarahumara, ya que el aislamiento geográfico y la marginación social iban de la mano. Eso era más que evidente. Ante la carencia de caminos o carreteras se usaba la vereda angosta llamada “camino real”, toda la carga o mercancías se movían en mulas y burros sorteando precipicios o voladeros. El “camino real” desde la Época Colonial fue la vía de comunicación de las comunidades de la Barranca.
En 1873, Batopilas, fue el segundo poblado del país, después de la Ciudad de México, en contar con el servicio de energía eléctrica dimanado del trabajo de las minas. Durante el Porfiriato, fueron los inversionistas norteamericanos con Alexander Robert Shepherd a la cabeza, los que explotaron los ricos yacimientos de plata de las entrañas de Batopilas, surgiendo la segunda bonanza minera. Durante la Época Colonial y Porfiriato, fueron extraídas cientos de toneladas de plata de las entrañas de Batopilas pero nada le fue devuelto para su progreso social y material. En 1970, el sábado 19 de septiembre, arribé a la Barranca de Batopilas, para iniciar mi trabajo como maestro rural. De 1970 a 1972, tres cuestiones de la Barranca de Batopilas traspasaron mi ser: la belleza paradisíaca de la regiòn, su pasado glorioso y la estrujante miseria de los tarahumaras. En el municipio de Batopilas me tocó conocer tarahumaras viviendo en cuevas y comiendo cualquier cosa. Cubrían con harapos sus cuerpos desnutridos y lacerados por las inclemencias del tiempo. En 1972, el gobierno federal donó 500 cobijas para los rarámuris, quienes se veían extrañados por tal donación, debido a que están siempre sumergidos y cobijados por la miseria y el abandono oficial. Los chabochis (mestizos) y tarahumaras no recibían en su mayoría ayuda oficial. La desnutrición, el alcoholismo y las enfermedades diezmaban seriamente a la población. La brutal y ofensiva pobreza extrema es un serio obstáculo para el desarrollo educativo.
El Índice de Desarrollo Humano estableció en julio del 2005 que Batopilas y Morelos eran municipios inmersos en situación de abandono oficial. El rezago en la atención a la salud era tal que los mismos podían ser comparados con países subdesarrollados como Sudán y Camboya. Ambos municipios chihuahuenses están clasificados como de extrema pobreza al igual que otros del país.