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Aquellos días felices

Jul 20th, 2008 | By admin | Category: Román Corral

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Román Corral.-

Un hombre que caminaba con pasos lentos en la calle transitada de una gran ciudad, llena de smog y de intensos ruidos, de notorias aglomeraciones humanas, recordaba de repente la tranquilidad en la que había transcurrido su infancia al lado de sus padres y hermanos, en una comunidad del medio rural, precisamente en las escarpadas montañas de espesos bosques de coníferas.

Por momentos este hombre de avanzada edad hubiera querido cambiar este inhóspito y frío ambiente urbano por su añorado terruño.

Se sentía solo y abandonado a pesar de toparse cotidianamente con cientos de personas que caminaban por las anchas banquetas de concreto de las avenidas de intenso tráfico vehicular.

Nadie lo saludaba.

Los rostros de las personas le eran desconocidos.

De vez en cuando trataba de sonreírle a algún anciano o persona de su edad que se topaba al ir caminando por la banqueta en un gesto de
amistad o saludo, pero tampoco encontraba eco a su intención de intercambiar la alegría de estar aún vivo, después de haber estado hospitalizado varios días al sufrir una crisis de asma.

No le sentaba bien el ambiente urbano, con nostalgia recordaba el aire puro de su pueblo, el agua cristalina del río que cruzaba por su comunidad.

A pesar de la extremada pobreza de sus habitantes había respeto hacia el medio ambiente, la gente se saludaba y se auxiliaba en lo que se podía.

Pero en esta gran ciudad a la que había llegado desde hacía más de cincuenta años, ni los vecinos se conocían del todo y en ocasiones por semanas ni los miraba.

Era su primer día de andar por la calle, después de su estancia en el hospital.

Tenía que caminar unas tres cuadras para llegar hasta un centro comercial, donde compraría algunos víveres y productos para el hogar que necesitaba para seguir su vida rutinaria.

Vivía solo, sus hijos se habían marchado para hacer sus propias vidas y su esposa había realizado, desde hacía muchos años, el viaje sin retorno, el cual todos tendremos que hacer tarde o temprano.

Al llegar al último cruce de calle, antes de llegar al centro comercial, el semáforo cambió de luces, y tuvo que detener su caminar, ya que el río de veloces vehículos amenazaba con atropellar a cuanto transeúnte osara interponerse en sus vertiginosas carreras.

Mientras esperaba el cambio de luces, junto con otras personas recordaba que en su comunidad de la sierra, casi no había automóviles o camiones y que por las calles sin pavimentar y adornadas con frondosos árboles se podía descansar en la sombra para protegerse de los intensos rayos solares que caen a plomo en el verano.

Pero aquí en la ciudad, donde esperaba pacientemente el cambio de luces, tenía que soportar el intenso calor, ante la falta de vegetación que mitigara el cansancio de los caminantes.

Al cambiar las luces las personas ahí aglomeradas en esa esquina empezaron a caminar rápidamente para cruzar la ancha avenida, del otro lado se hallaba el centro comercial.

El anciano de esta historia, pronto se quedó atrás de los demás transeúntes, debido a su lento caminar.

Se angustiaba porque el cambio de luces del semáforo era inminente pero más era su temor por ser atropellado por algún vehículo.

En su pueblo, no había prisa para caminar y añoraba en esos momentos el estar nadando en las tranquilas y cristalinas aguas de algún remanso del río.

De pronto apareció el cambio de luces pero el anciano aún no terminaba de cruzar la calle.

Sus piernas le temblaban, aún se sentía débil o convaleciente por su hospitalización. Quiso apresurar el paso ya que los automóviles de un momento a otro iniciarían su alocada carrera.

Por fortuna un joven que había empezado a cruzar la calle, aprovechando los últimos segundos, lo observaba durante su caminar y se apresuró a auxiliarlo, al comprender la situación difícil y de peligro por la que estaba pasando el anciano, al cual tomó de un brazo y a tiempo pudieron estar a salvo en tan concurrida avenida.

El anciano le agradeció su ayuda. Como pudo se sentó en una banca donde otras personas esperaban el camión urbano o algún taxi que las transportara por esta congestionada y gran ciudad. Una vez recuperado del susto, agradeció a Dios el que no le haya aparecido el asma debido a su agitada experiencia.

Ahora si cargaba en su ropa la medicina apropiada para esta emergencia médica.

El anciano reinició su marcha, para llegar al centro comercial. Tendría que atravesar el gran estacionamiento antes de entrar en la tienda, pero eso ya no le preocupaba, porque el peligro de ser atropellado había desaparecido.

Le alegraba la idea de encontrarse dentro de la tienda a otros ancianos amigos suyos, a los que no veía desde hacía varios días debido a su ausencia involuntaria por problemas de salud.

Platicaría con sus amigos antes de iniciar sus compras y les narraría sus últimas aventuras vividas al caminar desde su casa al centro comercial. Recordaba, mientras cruzaba el estacionamiento, donde había cientos de automóviles perfectamente alineados, los alegres días que pasaba en su pueblo durante su infancia y sus amigos de esa época, con los que disfrutaba el medio natural de bosques y ríos. Recordaba esos días con nostalgia ya idos para siempre.

ATENTAMENTE

“Aunque en 1970 leía casi en tinieblas,
…Batopilas le dio luz a mi espìritu”.

Román Corral Sandoval.
“El Escritor de Batopilas en el Siglo XXI”.

redaccion@akronoticias.com

 

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