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El perdedor perfecto

May 22nd, 2008 | By admin | Category: :: Deportes

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Andy Sánchez

Nuevo Casas Grandes.- Hay una frase en el argot deportivo que dice que “Del perdedor nadie se Acuerda”, otra que “Hay que saber perder”, esto pudiera ejemplificarse con nuestros deportistas, exclusivamente nuestras selecciones de futbol las que juegan como nunca y pierden como siempre, en este tema del perdedor por supuesto que a nadie le gustaría ser el actor principal.

Pero que si el perdedor no es sólo eso, sino un perdedor perfecto, que inspira a los demás y que queda en la historia por el único hecho de no ganar.

Las historias del nadador Erick Moussambani y la maratonista Zoe Koplowitz son de esas cosas raras que suceden en el amplio mundo del deporte, el primero un nadador del pequeño país africano Guinea Ecuatorial perdió en las olimpiadas de Sydney 2000 en una carrera de 100 metros en la que nadó sin ningún competidor.

Y es que había llegado hasta ahí por uno de esos cupos que el COI (Comité Olímpico Internacional) reserva para deportistas de países pobres.

En esa competencia contra él mismo, lo único meritorio fue no ahogarse antes de llegar a la meta, en su tierra natal no había más que dos piscinas y nunca en su vida había nadado 100 metros seguidos, por lo que su marca en esos juegos olímpicos fue de 1 minuto con 52 segundos, la peor de toda la historia de las olimpiadas.

Lo extraño de todo esto fue que de inmediato tuvo un club de fans por internet, modeló modernos trajes para nadar diseñados con piel de tiburón que utilizarían nadadores más veloces y en una subasta hubo alguien que pagó 2,500 dólares por las gafas acuáticas que usara en aquella “memorable” carrera.

Es bueno saber que cuando este nadador llegó a los olímpicos de Australia fue a contemplar admirado la piscina en que iba a participar, ya que nunca había visto algo semejante, tenía apenas 22 años y era la primera vez que salía de su país.

Por lo que asustado pensó que no podría terminar la carrera, puesto que apenas había aprendido a nadar meses atrás en un río infestado de cocodrilos que tenía que cruzar para llegar a su casa.

Pero en Sydney 2000 la suerte estaría de su lado, según el sorteo le tocaba eliminarse junto al nigeriano Karim Bare y contra Farkhod Oripov de Tayikistán, quienes habían llegado a la competencia por el mismo cupo de caridad, los tres estaban muy nerviosos y sus pobres tiempos de competencia les auguraban ser solo un trío de turistas más en los primeros juegos olímpicos del siglo XXI.

A Bare y Oripov les tocaban los carriles 3 y 4 por el registro de sus marcas y a Moussambani le correspondía el 5, es decir, su tiempo era el peor de todos, subieron a la plataforma de salida para iniciar la carrera y curiosamente los dos primeros se lanzaron dos veces en falso por lo que automáticamente quedaron
descalificados por doble falta.

Entonces Moussambani se quedó solo ante la enorme piscina y 15 mil espectadores que comenzaron a apoyarlo en aquella carrera contra sí mismo que el reglamento le exigía.

Ese mismo año la estadounidense Zoe Koplowitz llegó a la meta del maratón de Nueva York unas 33 horas después de su partida convirtiéndose en la corredora de fondo más lenta del mundo.

En las últimas 10 millas de dicha carrera, conmovidos por su voluntad y esfuerzo, los policías se acercaron para protegerla y algunos restaurantes abrieron sus puertas en medio de la noche para que pudiera comer algo o pudiera detenerse a descansar un poco.

Cabe mencionar que Koplowitz padece esclerosis múltiple, una enfermedad degenerativa del sistema nervioso, y una diabetes que cuando compite en un maratón la obliga cada 2 millas a medir el azúcar de su sangre, bueno, en verdad no corre los maratones, los camina en muletas.

Esta atleta que en el 2007 cumplió 20 años participando en la maratón de Nueva York, no sólo los ha perdido todos, sino que siempre ha llegado en el último lugar.

En un mundo que premia a los primeros, ella ha hecho de la palabra “último” una vanidad, también es autora del libro “The Winning Spirit: Life Lessons Learned in Last Place” (El Espíritu Ganador: Lecciones de Vida Aprendidas en el último Lugar) y trabaja como supervisora de una agencia de empleos.

Después de cada carrera, pierde durante casi un día completo la movilidad de sus manos por haber sostenido las muletas por tanto tiempo, lo suyo es también una competencia contra sí misma, después de dos décadas de ser siempre la última, insiste en llegar hasta la meta para demostrarse que aun puede.

Más que al mundo del deporte, Erick Moussambani y Zoe Koplowitz pertenecen al del azar y la autoayuda, narrar la tragedia de Koplowitz exige un esfuerzo sobrehumano para evitar el tono rosa de la autoayuda, en cambio la comedia de Moussambani exige un total amarillismo y aunque es lo que menos desean, sobra compasión para ambos, son las dos caras de la misma moneda del perdedor perfecto, han abierto un raro carisma por la derrota porque perder es fácil, pero perder como ellos no.

Koplowitz en su primer maratón de la Gran Manzana hizo la marca de 19 horas con 57 minutos y desde entonces no ha podido superarla, sino que al contrario cada vez ha
sido mayor el tiempo que realiza en cada edición de tan importante maratón, por su parte Moussambani ni en su peor pesadilla se hubiera imaginado que iba a competir solo, las falsas partidas de sus contrincantes lo convertirían en una estrella fugaz que si bien no fue un ganador en la natación ni en el resto de su vida, al menos hizo ganar a otros con su historia como al escritor Eloy Serrano quien con su cuento “Estilo Libre” donde narra la triste hazaña de Moussambani ganó el
premio Idioma y Deporte.

Antes de las olimpiadas de Atenas 2004, Moussambani dijo prepararse como nunca antes, pero sus marcas, sus limitaciones y la lógica de un nadador que no sabe nadar hicieron que no pudiera asistir de nuevo a unos juegos olímpicos, pero al igual que Koplowitz le queda el orgullo, precisamente la maratonista más perdedora del maratón de Nueva York al terminar una de sus carreras fue entrevistada por los periodistas deportivos y aun con lagrimas en los ojos por el esfuerzo realizado les dijo: “El dolor dura un par de días, pero el orgullo que siento, ese es para siempre”.

andy@akronoticias.com

 

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