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La marginación social de los Tarahumaras

Ago 13th, 2008 | By admin | Category: Román Corral

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Román Corral Sandoval.-
Tercera y última parte.’

10.-LA “GUERRA” CONTRA LA MARGINACIÓN SOCIAL.
“…Los tarahumaras seguirían con su rutina: comiendo raíces o ramas de diversas plantas de la región cuando la necesidad así lo ameritara, pescando bagres en el Río Batopilas o cazando pequeños roedores u otras especies de la fauna de la Barranca de Batopilas, para poder sobrevivir en el entorno de su lastimosa situación.

Numerosos indígenas dormidos en el piso de cualquier sombra, daban la impresión de que había terminado una batalla, en la cual los frentes enemigos habían cesado el fuego porque no quedaba alguien vivo que siguiera disparando desde las trincheras; el humo que se observaba por varios rumbos del templo, no era el de los cañones que al fin guardaban silencio tras cruento combate, sino que salía de los rescoldos de las grandes fogatas a punto de extinguirse mismas que habían dado luz y calor a los combatientes durante toda la noche; el templo de la Misión de Satevó había sido convertido en un campo de batalla para combatir y no sentir, por medio de la alcoholización de los sentidos, los ataques
constantes de la pobreza y tristeza, de la desesperanza y el olvido, del abandono y marginación.

Este maestro rural, normalista estuvo en la mencionada batalla, pero solamente aguantó el fuego cruzado de unos cuantos vasos de tesgüino hasta la media noche por sus limitaciones personales e inexperiencia tan notable presente a sus 19 años de edad, para aguantar la agresiva embestida del enemigo llamado marginación social, monstruo de mil cabezas que ha sentado sus reales en esta región chihuahuense en forma más notoria, después de la Revolución Mexicana, movimiento social que no benefició gran cosa y que de paso acabó con la bonanza minera de la Barranca de Batopilas.

Mi falta de fortaleza en todos los aspectos me impidió vivir en toda su plenitud y valorar en todas sus dimensiones estas situaciones tan peculiares de las costumbres de los rarámuris: no serví ni para el arranque, fui carne de cañón; perdí esta batalla, pero no la guerra; mi entrega consciente a la labor docente al servicio de esta comunidad
sería parte de la victoria que podría presentarse en un futuro no muy lejano, al ver a mis alumnos triunfando en la vida…”.

11.- MIÉRCOLES 21 DE OCTUBRE DE 1970.
La camarería que observé en el “Día de la Candelaria”, entre chabochis y rarámuris, no se observaba todo el año. Recuerdo que este día, el Comisario de Policía Dolores Gil Hermosillo, de la Misión de Satevó, hizo presos a dos tarahumaras que riñeron.

Como castigo, los puso a limpiar de piedras el “camino real” y a desgranar maíz que ellos mismos cargaron desde la milpa o “rosa” del comisario, al que le pregunté el porqué de tal castigo para los indígenas: me dijo que eran cuñados y que se habían agredido físicamente porque el marido le dijo al cuñado que su hermana no sabía hacer cobijas.

12.- LOS TARAHUMARAS EN LA MISIÓN DE SATEVÓ.
Con frecuencia me visitaban hasta la escuela algunos tarahumaras con los que platicaba; sentía que me observaban con detenimiento y cierta curiosidad por ser tal vez de tez blanca y pelo castaño: intercambiaban miradas, se sonreían entre ellos sin dejar de conversar conmigo. Una de las tantas lecciones que aprendí de 1970 a 1972 en la Barranca de Batopilas, porque fue más lo que aprendí que lo que enseñé, es que existen chihuahuenses de quinta o última categoría social como nuestros hermanos rarámuris, tan olvidados y abandonados como los demás moradores de la región.

Muchos indígenas me aseguraban que las casas de adobe de los chabochis, no servían para vivir porque no son resistentes, debido a que las lluvias y los fuertes vientos las destruyen poco a poco y por eso decidían habitar en cuevas, como lo hacían sus antepasados; algunos tarahumaras que hablaban poco español con los que logré charlar me comunicaron más cuestiones de sus costumbres; me visitaban hasta el plantel escolar para venderme panelas de leche de cabra o hierbas medicinales y a otros los detenía en plena marcha por el “camino real” para platicar bajo la sombra del enorme mezquite del patio escolar que cubría parte de esta vereda; no era fácil charlar con ellos, al principio la mayoría me rechazó debido a que son muy desconfiados de los chabochis.

Y es que, desde la Época Colonial estos indígenas fueron despojados de sus mejores tierras de cultivo y obligados a huir a las serranías para no ser exterminados; después, hasta lo que es ahora la Sierra Madre Occidental llegaron los conquistadores a realizar actividades de minería esclavizándolos a pesar de su férrea oposición y realizar numerosas rebeliones; posterior al Movimiento de Independencia a las etnias les fueron arrebatados sus bosques y durante el Porfiriato la mayoría de sus integrantes fueron explotados, esclavizados y vejados al laborar involuntariamente como peones en las haciendas de los caciques o terratenientes de la época; durante la Revolución Mexicana, que costó un millón de vidas, gran porcentaje de la sangre derramada perteneció a campesinos e indígenas, lo que no fue suficiente para que salieran de su miseria ancestral.

Por estas causas históricas nuestros indígenas son muy herméticos; llevan en su cuerpo y espíritu, desde entonces como una herencia maldita, los estragos y huellas que les ha dejado la marginación social que en forma extrema los ha dañado en todos los aspectos. Por lo que observé desde mi primer viaje a la Sierra Tarahumara en 1968, cuando era estudiante de la Escuela Normal de Estado de Chihuahua, puedo concluir, sin temor a equivocarme que la mayoría de los integrantes de esta etnia de la Baja Sierra Tarahumara están condenados a vivir eternamente en la miseria: ojalá y que alguna persona me pudiera convencer de lo contrario.

13.- LA FORTALEZA DE LOS TARAHUMARAS. Los tarahumaras parecen no inmutarse ante la extremada pobreza que padecen; estoicamente han soportado las agresiones de los intereses ambiciosos de las clases sociales que controlan el poder económico y por ende el poder político, las cuales desde tiempos remotos, les han arrebatado sus mejores tierras y bosques, pero no su fortaleza espiritual que les ha servido para
poder permanecer en su región, para no ser desarraigados o exterminados, aceptando vivir en condiciones infrahumanas, vistiendo harapos, en calidad de esclavos o en la lastimosa marginación social, pero sin abandonar los bosques, ríos y arroyos, flora y fauna silvestres, montañas y cañones, barrancas y profundos abismos a lo que históricamente consideran de su propiedad; con tal de permanecer en su medio geográfico generacionalmente han soportado a través de la historia la hostilidad de grupos humanos, explotación, discriminación, hambrunas, epidemias, condiciones climatológicas extremas, sequías; han tenido que sobrevivir comiendo plantas y animales silvestres y habitar en jacales o en cavernas, porque sienten que todo lo que existe bajo el cielo azul, limpio y transparente de la Sierra Madre Occidental, les pertenece desde tiempos inmemoriales, antes de que los chabochis u hombres blancos invadieran sus dominios, con el pretexto de llevar a su región la “civilización” y el “progreso”, palabras que les resultan huecas, porque bajo este pretexto se les ha sumido en la más profunda miseria y despojo; por la fortaleza espiritual que observé en los tarahumaras de la Barranca de Batopilas y por el estudio histórico que realicé en el desarrollo social de esta etnia, aprendí cuando menos un poco, a sufrir en silencio, a dejar de llorar como si tuviera muerto tendido ya que los rarámuris han sufrido de verdad toda clase de calamidades y vejaciones; comprendí que la fortaleza de su espíritu se moldea bajo el sufrimiento callado y aunque nunca pude ser como ellos, ni siquiera para caminar, correr o nadar a su ritmo debido a su extraordinaria destreza o para soportar el frío, calor, fatiga, hambre o la sed bajo condiciones extremas, al menos hice el intento de imitarlos durante mi estancia en la Barranca de Batopilas, donde siempre estuvo a prueba mi inútil cuerpo y débil carácter.

14.- LOS MIRABA ATRAVÉS DE LA
VENTANA DEL AULA ESCOLAR.
Siempre admiré de los tarahumaras de Batopilas su fortaleza física y espiritual, su filosofía y estoicismo que los hace resistentes a los tratos despóticos de los poderosos; su fortaleza física es tan sólida, que a pesar de la marcada marginación social que sufren, para mí siempre serán los mejores caminantes del “camino real” y de la vida; ellos cargaron sobre sus espaldas gran parte del progreso material de la Barranca de Batopilas en la construcción de las obras arquitectónicas en diferentes etapas históricas, construyendo caminos, trabajando en la minería o cargando diversos bultos y objetos pesados sobre sus espaldas para algunas personas pudientes de la región, que contrataban sus servicios por pagos injustos; la mayor parte de su carga la traían desde el Mineral de la Bufa hasta el poblado de Batopilas y en algunas ocasiones era para lugares más distantes; los observaba transitar por el
“camino real” a través de la ventana grande del aula escolar, mientras atendía a mis alumnos, ya que los perros les ladraban demasiado a estos sufridos caminantes y nada podían hacer para espantar a los agresivos caninos porque les representaba mucho esfuerzo deshacerse momentáneamente de su carga; era cuando algún alumno me pedía permiso para salir de la clase para dispersar a dichos canes que al mismo tiempo interrumpían la
lección por el escándalo que armaban; fueron los antecesores de estos indígenas los que fabricaron y cargaron sobre sus espaldas los miles de ladrillos rojos a grandes alturas, bajo la supervisión de los misioneros jesuitas para erigir los anchos muros, el campanario y las cúpulas de la nave arquitectónica que forman el templo
de la Misión de Satevó. Esta comunidad tiene un encanto especial, mágico y enigmático, presentando como techo a un transparente cielo azul, rodeada por cerros rojos y amarillos en un entorno físico de
vegetación tupida, semi-selvática de un intenso verdor.

Fuente: “RUMBO A BATOPILAS. MEMORIAS DE UN MAESTRO RURAL”. 3a. EDICIÓN. Mayo de 2008. Corregida y aumentada a 250 páginas.
Edición Conmemorativa de los “300 AÑOS DE LA FUNDACIÓN DE BATOPILAS”.

ATENTAMENTE

“Aunque en 1970 leía casi en tinieblas,
…Batopilas le dio luz a mi espìritu”.

Román Corral Sandoval.
“El Escritor de Batopilas en el Siglo XXI

 

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