Mi Estancia en las Barrancas de Batopilas
Sep 29th, 2008 | By admin | Category: Román Corral
MI ESTANCIA EN LA BARRANCA DE BATOPILAS DE 1970 A 1972
Román Corral
La mayor parte del tiempo en la Barranca de Batopilas me sentía libre de acción y de pensamiento; tenía la libertad para transitar a pie, sin prisas, por el “camino real” admirando el paisaje, oyendo el ruido del caudal permanente del río, llevando dentro de mi pecho el corazón alegre por sentirme sin presiones, sin ataduras, ni stress que solamente existen en el ajetreo diario de los habitantes de las grandes ciudades.
Podía cantar, aunque interrumpiera los bellos trinos de las variadas especies de aves, cuando transitaba solitario por esta vereda antigua y gritar a los cuatro vientos mis verdades las cuales retumbaban como ecos en sus grandes cañones que probablemente llegaban hasta los más profundos abismos o precipicios del Cañón de La Bufa; tal vez mis gritos podían escucharse y ser llevados por las aguas impetuosas del crecido caudal de verano del Río Batopilas para disiparse en el mar o ser opacados por los miles de trinos simultáneos de las aves multicolores que se escuchan por doquier entre la tupida maleza verde del paisaje.
Pienso que uno de mis gritos no encontró eco y que penetró libremente hasta el interior inexplorado de alguna profunda caverna, alterando de paso el descanso diurno de los murciélagos, que por miles existen en esas gigantescas y sombrías oquedades que la Naturaleza esculpió hace millones de años para el refugio de sus
criaturas y hasta del hombre mismo en los albores de la Prehistoria.
Esa sensación de libertad que logró en las profundas barrancas del municipio de Batopilas me hizo después disfrutar y apreciar los espacios abiertos de las inmensas llanuras del noroeste del estado de Chihuahua, especialmente las del municipio de Namiquipa, donde viví de 1972 a 1977: con toda certeza hoy aseguro que en la Barranca de Batopilas mi ser y mi espíritu conocieron los más bellos colores y sonidos de la Naturaleza, pero sobre todo la sensación de sentirse libre.
El hecho de que escriba sobre la Barranca de Batopilas, la cual comprende los municipios de Batopilas, Urique, Morelos y Guachochi, bajo la óptica de un ex-maestro rural y normalista, lleva la finalidad de dar a conocer, aunque sea en forma modesta, los aspectos sociales, económicos, geográficos, históricos y culturales de esta región, para que los chihuahuenses visiten a estos municipios de la Sierra Tarahumara, aprecien sus bellezas naturales y conozcan en forma directa cuestiones de la problemática que enfrentan, rarámuris y chabochis los cuales han anhelado desde siempre un desarrollo integral de su entorno social.
Aunque el estado de Chihuahua sea muy extenso, con 247,087 kilómetros cuadrados de superficie, los chihuahuenses debemos conocer sus regiones, las costumbres y creencias de sus moradores, principalmente de la Sierra Tarahumara, que comprende 24 municipios, a saber: Bachíniva, Balleza, Batopilas, Bocoyna,
Carichíc, Casas Grandes, Cusihuiriáchic, Chínipas, Gómez Farías, Guachochi, Guadalupe y Calvo, Guazapares, Guerrero, Ignacio Zaragoza, Madera, Maguarichic, Matachic, Morelos, Moris, Namiquipa, Ocampo, Urique, Uruachic, Temósachic.
Mi callada despedida de la Misión de Satevó
En junio de 1972, en un sitio del “camino real” llamado “El Puerto”, donde el Río Batopilas formó un profundo cañón y su cauce cambia bruscamente de dirección le pedí a Samuel Mancinas que hiciéramos un alto en el camino para voltear hacia atrás y mirar por última vez a la comunidad donde había vivido los dos últimos años de mi vida; a lo lejos, en forma panorámica como a un kilómetro de distancia se percibe el caserío y el templo de la Misión de Satevó con su único campanario, obra arquitectónica que atrae mucho al turismo; Samuel aprovechó mi petición para limpiar el sudor de su frente ya que íbamos cargando nuestro equipaje rumbo a Batopilas, donde pasaríamos la noche y al día siguiente volaríamos en una avioneta a la Ciudad de Chihuahua; mientras me despedía en silencio de esta comunidad reconocía que mi personalidad había sido profundamente transformada con la convivencia cercana que tuve con estos batopilenses.
En 1972, la magia paradisíaca matizada con los trinos de las aves multicolores junto con el arrullo del caudal permanente del río permitía al espíritu humano la tan anhelada paz interior y la contemplación de la belleza del paisaje de las montañas llenas de verdor.
En ese entonces no importaba el transcurrir del tiempo, inclusive se sentía que éste había detenido su marcha en esta región de las barrancas, para perpetuar de esta manera la paz del alma.
Por fortuna alcancé a vivir dos años de esa época maravillosa, tal vez ida para siempre, lo que fue suficiente para que mi espíritu y alma se fortalecieran, porque cuando llegué aquí en 1970 a laborar como maestro rural, en dichas cuestiones andaba por la calle de la amargura.



